El mundo de la política ha sido analizado y desmenuzado en incontables ocasiones, a través de grandes ensayos y textos científicos, pero también mediante las herramientas narrativas que nos ofrece el cine y la literatura de ficción. Son múltiples las formas de comprender la complejidad de sus entresijos y  de los mecanismos que permiten su correcto funcionamiento, y los videojuegos no se han quedado atrás en este aspecto. Existe una notable variedad de obras que utilizan el lenguaje videolúdico para explicar, analizar o criticar diferentes ideologías y comportamientos propios del campo de la política, pero pocos alcanzan la simplicidad aparente de la que goza Reigns (Nerial, 2016), con la que traslada algunos de los principios fundamentales sobre los que se sustenta la política actual.

Reigns nos sitúa en la piel de un monarca que debe tomar distintas decisiones durante cada día de su reinado, con el fin mantener el equilibrio entre los cuatro grandes poderes: la Iglesia, el pueblo, el ejército y la riqueza económica del reino. Las elecciones que tomemos afectarán a la situación de estos grupos, beneficiando a unos y perjudicando a otros, y de su estatus dependerá nuestra estancia en el poder: demasiada fortaleza o debilidad en uno de los poderes provocará nuestra inevitable muerte, y pasaremos a gobernar a través del siguiente rey. Así sucesivamente.

La obra de Nerial utiliza un sistema de decisiones de lo más básico, puesto que cada elección dispone de tan solo dos opciones, a las que podremos acceder deslizando a izquierda o a derecha la carta del personaje que nos plantee un conflicto determinado. Por ejemplo, construir una iglesia resultará ventajoso para la fe de nuestros súbditos, pero costará dinero;  en caso de peste negra, deberemos optar por intentar curar a los enfermos o dejarles fuera de nuestras fronteras, y un refuerzo del ejército puede entristecer severamente al pueblo. Es simple e intuitivo, y reduce la política a una suma de bifurcaciones sencillas que lejos están de aproximarse a la complejidad del mundo real. Sin embargo, la importancia de Reigns radica en su peculiar perspectiva del comportamiento de un político; una en la que su forma de ser y actuar se sostiene sobre las pautas que hace más de 500 años se propusieron en El Príncipe (Maquiavelo, 1532), y que pretendo resumir en tres grandes pilares comunes a ambas obras.

La armonía en el poder.

Maquiavelo planteó en una de sus obras más conocidas una serie de puntos clave sobre el comportamiento que debería adoptar un gobernante, y a pesar de los cientos de años que han pasado por sus páginas, siguen estando vigentes en buena parte de la política actual. A lo largo de El Príncipe, Maquiavelo insiste indirectamente en la importancia de la armonía, tanto en las decisiones de un príncipe como en su forma de ser. Para el autor italiano, un buen político debe aprender a ser tan severo como benevolente, a usar su fuerza bruta con la astucia que requiera la situación, y sus acciones siempre se guiarán por la prudencia máxima. Un gobernante en exceso cruel, o en exceso permisivo, llevará a su pueblo a la ruina, por lo que el equilibrio en su forma de comportarse es lo que garantiza el éxito de su gobierno. Debe, en definitiva, proceder moderadamente, sin que mucha confianza le haga impróvido, y que mucha desconfianza le convierta en un hombre insufrible.

Este equilibrio en el poder es una de las grandes bases de las mecánicas jugables de Reigns, pues el éxito de nuestra carrera política depende directamente de nuestra capacidad a la hora de balancear esos cuatro poderes: Iglesia, ejército, pueblo y dinero. No podemos excedernos en nuestra benevolencia, pues la excelente condición de uno de los grupos derivará en nuestro derrocamiento, mientras que la excesiva crueldad y abandono del bienestar del reino acabará en un posible golpe de Estado. Reigns exige de nosotros, en todo momento aunque sin apenas matices, el equilibrio, actuar como zorro y como león según las circunstancias. No se nos permite postularnos de forma permanente a favor de un bando u otro ni tampoco ser neutral en nuestras elecciones, sino guardar las distancias y lograr que la situación se mantenga lo más nivelada posible. Y para conseguir este deseado equilibrio a través de ser temido y ser amado al mismo tiempo, o al menos ser temido pero nunca odiado, casi todo vale.

El fin justifica los medios.

Esta famosa frase deriva precisamente de la perspectiva que Maquiavelo mantenía sobre el comportamiento de un buen político, aunque nunca la escribiese expresamente. Para un gobernante, alcanzar sus objetivos en el poder implica en muchas ocasiones mancharse las manos: a grades rasgos, saber entrar en el mal cuando hay necesidad. El Príncipe no ve moral alguna en la política, donde cualquiera debe obrar contra su fe, contra las virtudes de  la humanidad o la caridad si ello implica el cumplimiento de sus objetivos. El  gobernante eficaz debe aprender a no ser bueno cuando lo situación así lo precisa.

Reigns, de nuevo, aplica la política maquiavélica a través de la simplicidad de sus mecánicas. Y es que si queremos mantener la estabilidad  y el equilibrio del poder, deberemos tomar en casi todo momento decisiones drásticas. Elecciones de sencillo planteamiento pero que pueden implicar recortes sanitarios y el adoctrinamiento religioso del pueblo, un duro ataque a nuestra fe, el declive de la defensa exterior o el sacrificio directo de nuestros súbditos a cambio de ahorro económico. Reigns nos plantea en toda decisión la posibilidad de beneficiar a unos a costa de otros, y cada acción que tomemos implicará, de una forma u otra, perjudicar el bienestar de parte de los gobernados. En la obra de Neiral, el fin siempre justificará los medios que tomemos, por muy dañinos que sean, hasta el punto de obligarnos a ver al pueblo, a la Iglesia o al ejército como simples indicadores que suben y bajan en pos del tan ansiado equilibro entre crueldad y benevolencia.

Reigns nos deshumaniza como gobernantes y nos obliga a adoptar las pautas de Maquiavelo, que a día de hoy siguen siendo un auténtico referente: venta de armas a grupos terroristas, ataques militares masivos que no distinguen a culpables de inocentes y que utilizan la seguridad ciudadana como excusa para obtener beneficio económico, o políticas de austeridad y recortes con el fin de solventar una crisis. Medios del todo cuestionables y en muchas ocasiones totalmente deleznables, pero que siguen en auge en el mundo de la política. Reigns y El Príncipe justifican esta clase de actitudes para alcanzar los objetivos del gobernante, ¿pero es el equilibrio en su forma de ser y en su reinado el verdadero fin que procura?

El egoísmo de la política.

La mayor parte de El Príncipe no gira en torno al bienestar del pueblo o a la seguridad del Estado. No lo hace, al menos en condición de fin u objetivo último. Si Maquiavelo describe a un político como un individuo que debe asegurar el equilibrio en sus decisiones y en su reinado, y que no debe tener en cuenta la moral o la humanidad de sus decisiones para alcanzar sus metas, no lo hace en beneficio de la sociedad, sino del propio político. El Príncipe  es en buena medida un manual de cómo mantenerse en el poder, y no tanto de gobernar al servicio de los demás.

No resulta sorprendente que, siguiendo hasta ahora las directrices expuestas por Maquiavelo en su obra, Reigns reproduzca también el egoísmo de la política. Porque en ningún momento perseguimos el bienestar de nuestro pueblo, ni siquiera el equilibrio en nuestras decisiones y en la situación del reinado; al menos, no como fin último. Reigns nos incita a mantenernos el máximo tiempo posible en el gobierno, a través de distintas recompensas, logros y desbloqueables, mediante el deseo de descubrir todas las situaciones y decisiones posibles o por el simple instinto de sobrevivir y avanzar. En Reigns queremos ocupar el poder durante el mayor tiempo posible como fin último, manteniendo para ello el equilibrio de forma constante, y en cuyo desarrollo todo vale: la política de Maquiavelo simplificada hasta lo absurdo, pero expuesta en su mayor esplendor. Esta forma de entender las funciones políticas no nos queda extraordinariamente lejana. Basta con estudiar el comportamiento de nuestro actual Gobierno, aferrado con uñas y dientes al poder a pesar de la constante corrupción que le rodea. El Príncipe sigue ahí, y Reigns continúa su forma de ver el mundo.

Para Maquiavelo, el correcto modo de mantener el poder consiste en adaptarse a las circunstancias que se le presenten al político de turno. Y qué es Reigns, sino la constante adaptabilidad del jugador a la situación de los cuatro grandes poderes: un ejército fuerte y una Iglesia demasiado débil, un pueblo arruinado pero con las arcas del Estado llenas. Estas variables hacen que el jugador, como un buen político que parasita lo poderoso, amolde la toma de sus decisiones no a lo que él verdaderamente piense, sino a aquello que logre el equilibrio, y en consecuencia, le garantice su estancia en el trono.

Reigns nos enseña a cambiar, a no ser fieles a nada ni a nadie y a actuar según nuestros propios intereses; nos explica, en sus propios términos, en qué consiste el egoísmo de la política; nos muestra que hasta lo más simple puede verse impregnado por la complejidad del poder, y cómo, con un par de clics y movimientos de ratón, podemos desarrollar algunos de los fundamentos del maquiavélico modus operandi que desde hace siglos ha acechado al mundo de la política.