Mae Borowski podría ser cualquiera de nosotros. Cualquiera de nosotros podríamos ser como ella y aún no saberlo. Esto le ocurre a la propia Mae Borowski aunque no lo creas. Si has jugado a Night In The Woods probablemente te habrán asaltado las dudas tras acabarlo debido a la  exploración de las dudas en su ámbito más fuerte: los trastornos disociativos.

De acuerdo a Wikipedia, los trastornos disociativos se definen como todas aquellas condiciones patológicas que conllevan disrupciones o fallos en la memoria, conciencia, identidad y/o percepción. Hay muchos tipos de trastornos disociativos, como el de identidad o la fuga disociativa. Yo no soy psicóloga ni psiquiatra, pero sí tengo un trastorno de conversión que entra dentro de los trastornos disociativos.

De primeras quiero decir que no me siento identificada con el caso de Mae porque es un caso completamente diferente. En Night In The Woods podemos encontrar ejemplos de este trastorno cuando se mira al espejo y parece no reconocerse, y sobre todo en la parte final cuando, tras una temporada muy larga jugando a videojuegos las personas me parecían formas. En ese momento también dice haber atacado a un compañero de instituto y que su sangre parecía formas rojas. Ese propio desapego de la realidad (y no una pérdida de ella puesto que sería una psicosis), es lo que hace a Mae dudar y estar confundida continuamente.

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Sabemos por las conversaciones que mantiene con su familia que no desea contar los verdaderos motivos de su abandono de la universidad. Al no encajar, y verse atrapada en esa situación (como comenta más tarde) fue cuando decide dar el paso, salir de ahí y volver al nido familiar. Se trata del primer juego donde veo reflejada este trastorno. Y en realidad, son pocos los ejemplos donde se percibe.

El trastorno disociativo de identidad es el más común de todos. Se considera el trastorno de personalidad múltiple, algo que podemos ver en Múltiple, la última película de Shyamalan o en la serie United States of Tara donde la protagonista tenía el mismo trastorno. La cuestión es que Night In The Woods ha sabido retratarlo de una manera muy sutil. Como una incógnita que acompaña al juego, conocemos que la personalidad de Mae es algo caótica, encuentra placer en romper tubos fluorescentes, saltar vallas, entrar en cementerios o apuñalarse levemente con sus amigos. Todo ello unido a la creencia de fantasmas (lo que ya nos hace suponer un desapego con la realidad) nos da indicios de momentos de disociación.

El episodio final donde no concibe la realidad, sino que se aleja aún más de ella es cuando nos hace replantearnos seriamente los problemas de Mae. Sus padres conocen que su hija está sufriendo por diversos motivos, donde predomina el miedo a perder la casa o no ser suficiente. La autoestima está por los suelos, en momentos de reflexiones ante el espejo lo que puede añadir además una depresión.

Yo pasé por lo mismo. Abandoné la universidad tras un año en el Grado de Historia y poco a poco dejé que todo me diera igual. Pasé días encerrada y eso no fue nada bueno. Nunca llegué a ser diagnosticada con depresión, pero sí con una agorafobia con la que sigo luchando, día a día. La desmotivación por no encajar en una sociedad que sigue el patrón estudios / trabajo / familia hace que cualquier individuo que no lo continúe se sienta frustrado, solo y triste. Alrededor de Mae se encuentran sus compañeros y amigos de toda la vida que por diversos motivos han tenido que dejar a un lado sus sueños y pagar las facturas.

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El mayor ejemplo es Bea, cuya madre fallece tras no superar un cáncer mientras su padre cae en una depresión. Bea, ante esta situación, tiene que ponerse al mando económicamente de su familia porque es lo único que puede hacer. No le queda otra. Esto parece un reproche continuo en su relación con Mae hasta que la comprende y entiende su dilema.

El trastorno de conversión, como el mío, es distinto. Intento que con este artículo comprendáis lo que se refleja en la ficción y luego, lo que se vive en la realidad. Básicamente mi trastorno hace que cualquier represión mental me lleve a que media parte de mi cuerpo se paralice. Sin ningún motivo neurológico. La primera vez que me dio esta parálisis fue hace un año y medio. Había reprimido muchas cosas durante seis meses. Tenía muchos sentimientos dentro y no fue hasta la explosión, como yo lo llamo cuando me di cuenta de que tenía un problema.

Mae también explota, todos los demás (incluida Bea) se dan cuenta de su problema y la ocultación de este durante todo este tiempo. Una buena manera de reflejarlo es a través de las conversaciones con los dos padres. Pero, sobre todo, con la madre. Mae se despierta y su madre la llama. Va a hacia la cocina y hablan. Pero ella siempre acaba reprimiendo. Siempre acaba dejando un poquito sin contar. Lo suficiente para hacer que, en su interior, queden sentimientos inexplicables, dudas y mucha confusión. Con su padre es diferente, decide acompañarle para ver la tele y poco más. El hombre le pregunta, pero es con su madre con quien encuentra una intimidad suficiente para poder contarle (a medias) lo que le ocurre.

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Y es algo que sucede durante todo el juego. El título se queda a medias. No conocemos mucho de la secta que vemos hacia el final. No conocemos si la tía policía de Mae es mala o buena. Si es la persona a la que le quitamos un brazo en el ascensor de la mina. O si es el vagabundo que nos encontramos en la Iglesia. No sabemos si todos los vecinos que hemos ido conociendo pertenecen a esa secta. Es un misterio tras otro que refleja una narrativa también disociativa. Confusa.

El otro gran bloque que me gustaría hablar en este artículo es la aplicación de este juego como una guía para hacernos adultos. He leído este titular en muchas ocasiones a la hora de buscar información sobre el juego. Lo consideran como una guía porque ven todos los estadios intermedios de la adolescencia a la edad adulta entre los diecimuchos y los veintipocos.

Una de las críticas que he visto al respecto guardan relación con el lenguaje. La forma de hablar, ya no solo de los amigos o Mae sino de los familiares y vecinos es parecida. Hay personas que consideran este juego intrínsecamente millenial por reflejar la sociedad de una generación menor a mí, o donde los mayores son los treintañeros y los que rondan los cuarenta. Y es raro. Quizás sea un fallo que el autor haya reflejado dicho lenguaje en todo un rango de edades y géneros dentro del juego.

Quizás la bibliotecaria no tendría que hablar igual que la amiga de Mae. O que la vecina mayor no tenga un bocadillo reflejando un emoticono. Eso es cuestión de cada uno, yo no vi ese problema, pero expongo esta crítica para hablar de cómo se refleja las edades en este título.

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La adolescencia es una de las etapas más difíciles. A Mae se le hace cuesta arriba (nunca mejor dicho porque el diseño del escenario hace subir a Mae diariamente muchas cuestas), sobre todo porque se mantiene en un perpetuo estado de niñez-cuasi adolescente que empieza a chocar con la cuasi adultez de sus amigos.

Es cierto que los trabajos de Gregg, Angus y Bea no sean los más estrictos. Parece que pueden hacer lo que les da la gana: salir antes del horario, robar y comer dentro de sus recintos y un largo etcétera. Pero al mismo tiempo suelen dar lecciones a Mae sobre su inactividad laboral.

El conocido dicho cuando trabajes, me entenderás, aquí se dice una y otra vez. Mae solo conoce estudiar, y ello no le ayuda a sentirse menos integrada en su grupo. También se percibe la explotación laboral en cuanto a trabajos que aparecen y desaparecen. De ahí el ejemplo del restaurante de comida italiana que desaparece por una franquicia de tacos. Otro sería el mural de los mineros antiguos que todavía siguen en el metro pintados y esperando a minar y trabajar por los siglos de los siglos.

De hecho, me gusta la teoría sobre que el juego va sobre el cambio. O más bien la imposibilidad de que se produzca un cambio. Que la motivación principal de la secta, donde parece estar inscritos medio pueblo, no quiera que sus jóvenes se marchen, que su pueblo muera.

Esto hace que sus amigos tengan que pillar el primer trabajo que encuentren. Al no requerir tanta experiencia y tener más oferta, los comercios de comida rápida, un videoclub ahora en alza por lo vintage y una tienda pequeñita son los lugares donde cada uno ha obtenido su empleo. Atrás quedan los sueños de formar una banda, donde Mae participa cuando puede.

Ninguno tiene razón en cuanto a Mae, ni ella es tan niña ni ellos tan adultos. Afrontan de nuevo, a medias, los problemas que tienen. Ellos mantienen unos mini empleos que les saca las castañas del fuego y ella intenta estudiar para conseguir un empleo que no llegará porque ha abandonado la universidad. Cada uno tiene sus problemas, pero parece que el margen tan sumamente catalogado como jóvenes adultos es más un obstáculo que un beneficio.

Es una edad dura. Yo tengo ahora 24 años. He estudiado en dos carreras y estoy a punto de terminar mis oposiciones. Quiero ser bibliotecaria. Pero soy realista, estoy en un proceso selectivo donde solo se requieren 17 plazas y habrá 30.000 personas inscritas.

Estudio todos los días durante un año y medio. Pero eso ni me hace ser menos niña por vivir con mis padres ni más adulta por querer aspirar a un trabajo para toda la vida. Es una época complicada, caracterizada por desahucios, empleos precarios y estudios a un precio muy superior que hace años. Todo ello se une y no te permiten saber si lo estás haciendo bien o mal.

La sensación general que se queda en la generación Y (yo soy del 92) y posteriores es que todo lo que nos han contado, lo que hemos estudiado, lo que hemos soñado no nos sirve para nada. Recuerdo a profesores decir que si estudiábamos duro conseguiríamos trabajo. Recuerdo en 4ºESO compañeros varones de mi clase irse a las obras y dejar los estudios porque daba más dinero. Poco después se produciría la crisis económica de 2008 y terminó el sueño del dinero rápido y abundante de la construcción.

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En Night In The Woods percibimos unas obras que casi nunca acaban, un barrio que se renueva por partes, pero sigue manteniendo ese toque viejo y pueblerino de un lugar que no irá a más, de muchas despedidas de jóvenes por un futuro mejor, ahora mientras seamos jóvenes pensarán. Sin embargo, la idea por la que muchos creímos en un futuro mejor se apoya en la antigua facilidad de conseguir un empleo. De estudiar y trabajar a la vez. Por mucho que sea más duro, más difícil, más complicado.

La reconciliación no solo debe medirse en términos familiares. Sino también académicos y laborales. ¿Cómo puedo escribir un libro, varias colaboraciones en diferentes páginas, cuidar a mis padres enfermos, viajar cada mes para ver a mi pareja y estudiar para aprobar las oposiciones? Pues de la única manera que conozco: a base de organización, horarios y disciplina. Levantarme cuando no hay nadie haciendo ruido, mientras mis vecinos de arriba no arman jaleo porque los niños están en el colegio, repasar dos veces todo lo memorizado. Hacer test, planear el viaje cuando no tenga pruebas médicas y en mis tiempos libres hacer alguna que otra colaboración no remunerada y escribir este artículo, por ejemplo.

En el juego de Infinite Falls, también ocurre lo mismo. Algunas veces tus amigos no podrán quedar contigo porque estarán trabajando. Otras veces tendrás que salir de noche porque es la única manera de poder verlos un rato. Y así. Necesitamos tiempo. Esa es una de las conclusiones a las que he llegado. Mae necesita tiempo para conocerse a sí misma e incluso para curarse. Sus padres necesitan tiempo para asimilar todo lo que ella había guardado durante su estancia en la universidad. Sus amigos necesitan tiempo para conocer lo que ha ocurrido entre medias. Y viceversa, porque ella tendrá que asumir que ellos no siempre estarán disponibles y que tendrá que esperar o verse cuando puedan.

Eso es la vida. Una especie de balancín continuo donde tendremos que equilibrar (como Mae hace cuando se sube a los cables telefónicos) todo lo que nos ocupa, nos quiere ocupar o lo que nos ocupará. Porque, aunque ella sea una gata y yo sea una humana, todos tenemos problemas. Y más cuando queremos ser adultos y no encontramos la salida. Y si no queremos desequilibrarnos, tendremos que seguir poniendo un pasito sobre el otro, para poder seguir en el centro, en el equilibrio. Todos tenemos derechos a caernos, y a levantarnos. Incluso cuando en medio de la noche, en el bosque, vemos comenzar, rayo a rayo, un nuevo amanecer.