Estamos haciendo el futuro. Cada pequeño ladrillo y esbozo arquitectónico de la faraónica construcción que es el futuro se está formando en cada momento que jugamos. De la misma forma en que los coliseos romanos darían forma a cultura fílmica actual, o que los juegos de dados en el reino antiguo de Lidia, según data Heródoto, salvarían su cultura e influirían en toda la cultura griega y por ende occidental posterior. Da igual cómo: los juegos hacen el futuro. En este artículo examinaremos, entre otras a la saga Final Fantasy y su peso histórico.

Lo cierto es que mientras nos cuestionamos razonablemente la importancia del hecho de jugar, semejante hecho está sosteniendo la vida a nuestro alrededor. Por supuesto no estamos diciendo que debamos perseguir ovillos de lana —o no muy a menudo— y tampoco deberíamos entrar en psicología evolutiva; pero vamos a tantear terrenos prohibidos. Toda sociedad está constituida de elementos culturales que aportan su narrativa a la historia conjunta. En el preciso momento en que los videojuegos pasan a significar un elemento cultural, están irremediablemente agregando ingredientes al cóctel.

En este proceso que vive a la par que nuestras vidas, internet está colaborando como un eje principal. Podemos encontrar analogías de todo tipo entre la historia de cualquier Final Fantasy y la literatura, las religiones o contextos sociales. Podría parecer que, si los desarrolladores de un videojuego no han buscado una similitud intencionada, no han tenido esa inspiración o simplemente todo ha sido fruto de la casualidad, deberíamos dejar de entramar referencias culturales. Sin embargo, no creo que debiera ser así.

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No es relevante si el mensaje de Cloud y compañía en Final Fantasy VII es un alegato ecologista, o si comparte crítica hacia la sociedad moderna y su exceso de tecnología con la obra de J. R. R. Tolkien. Lo relevante de este tipo de casos reside en cómo un sujeto totalmente ajeno a la cultura que ha formado el ideario personal del desarrollador de turno, puede gestar de forma razonada una relación de empatía con la obra. Aunque no vayamos a entrar en el tema: sería un buen argumento para defender el videojuego como arte.

Hay temas manidos —no por ello poco interesantes— como el citado del miedo a la tecnología en Final Fantasy VII que se da también en la primera entrega para PS2. Otro recurrente en menor medida sería el budismo en el susodicho Final Fantasy X. Es plausible concretar las referencias religiosas de Spira en una suerte de sincretismo —una amalgama de referencias religiosas—, pero en este caso no exploraremos esa vía.

En el budismo uno de los pilares fundamentales es el Dharma, que podríamos significar como la doctrina del buda o la verdad. Habría que apuntillar que se trata de una doctrina y una verdad de una flexibilidad mayor a lo que estamos acostumbrados a entender con semejantes términos. En Spira nos topamos con un culto cuya principal misión es combatir un sufrimiento que no tiene fin, debido su naturaleza cíclica. Dentro de la doctrina del Dharma, las Cuatro Nobles Verdades tienen un valor fundamental y todas giran en relación a un término: dukkha.

Dukkha es el sufrimiento, y las Cuatro Nobles Verdades son reflejan nuestra unión con él de forma que enumeradas citarían:

  1. La vida es sufrimiento.
  2. El deseo como origen del sufrimiento.
  3. La extinción del sufrimiento como fin último.
  4. El sendero para llegar al cese del sufrimiento es el Noble Camino Óctuple.

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Como inciso, decir que no explicaremos el Noble Camino Óctuple, tanto por su complejidad como por la escasa y humilde capacidad de un servidor para llevar a cabo mastodóntica tarea.

Buena parte de la aventura que viviremos junto a Tidus y Yuna se basa en la lucha espiritual de aceptar el sufrimiento y combatirlo. La esperanza de poder acabar de una vez con la destrucción traída por Sinh se convierte en un martirio que se hace preferible evitar. Si los individuos aceptan que deben luchar para alargar la vida bajo el sufrimiento constante, todo resulta más fácil que tratando de avivar la esperanza. El término sams­­­ara, proveniente del sánscrito y usado de diferentes formas en el budismo, principalmente hace referencia al ciclo de renacimiento de la vida que nos rodea, donde todo continuaría fluyendo entre la vida y la muerte. El culto de Yevón acepta una filosofía muy similar, amén de adoptar un símbolo que bien podría provenir del sánscrito también.

Sin necesidad de desvelar el final de la historia —aunque este párrafo sea preferible saltárselo para quien no quiera ni un detalle al respecto—, valga decir que tiene cierta relevancia la práctica Zen de matar a tu maestro. Esta práctica viene a decirnos que en determinado momento crucial de nuestro peregrinaje la figura de nuestro maestro será un estorbo a modo de distracción. Del mismo modo que debemos despojarnos de los deseos que descentran nuestro cometido, debemos hacer lo propio con la voz de nuestro maestro que nos martilleará en el pensamiento cuestionando nuestra forma de continuar en el camino. La figura del maestro es necesaria para la preparación, pero en última instancia únicamente uno mismo es quien puede encontrar su propio camino.

Es curioso que en la entrega The Final Fantasy Legend también haya reflejos de esta práctica budista. En este caso es curioso realmente porque no se trata de una entrega de la misma franquicia, sino que pertenece a SaGa, cuyo nombre en japonés, Makai Toushi SaGa, fue traducido en su versión estadounidense de forma libre, muy probablemente apropósito. Ambas sagas comparten compañía desarrolladora, multitud de diseñadores y directores.

Si somos sinceros con nosotros mismos, es altamente cuestionable que toda aquella analogía que encontremos entre un videojuego y contextos sociales deban ser traídas con dicha motivación. Por otra parte, estaríamos perdiendo el norte si únicamente nos quedamos en reflejar las posibles referencias aquí y allá. Es loable, necesario y enriquecedor el realizar ese trabajo; más allá de eso, habría que empezar a mirar no solamente el de dónde venimos sino el hacia dónde vamos. Enloquece pensar la gran cantidad de gente que se habrá interesado por el sintoísmo a partir de conocer las teorías sintoístas apegadas a Final Fantasy VII. Cuánta gente habrá revisado sus teorías morales y religiosas a partir de terminar la décima entrega de la misma saga. Cuántas personas tras jugar a la doceava parte de nuestra citada fantasía final habrán sentido un mayor interés por la fantasía épica entremezclada con la ficción política.

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Es necesario ser consciente de que no estamos uniendo y relacionando hechos de forma directa. Todas y cada una de nuestras orientaciones culturales están formadas de multitud de nociones de gusto y crítica que no tienen sino miles de denominadores comunes. Teniendo esto presente, cabe reivindicar la influencia de los videojuegos en nuestra sociedad como una consecuencia olvidad y menospreciada, salvo cuando se resaltan aspectos negativos; como si únicamente habláramos de arte pictórico cuando se trata de un cuatro macabro para desprestigiarlo.

El ejemplo más válido que podemos tomar es referente a los conciertos que ya casi comenzamos a ver como eventos normales. Hablamos de los conciertos en los que se interpreta únicamente música de bandas sonoras de videojuegos. Hace años que algo así se veía venir. Puede que, en aquel entonces, tras Final Fantasy VI y su escena propia de una ópera romántica, cuando escuchamos el Aria di Mezzo Carattere, alguien estuviera escribiendo en una revista cultural cómo los videojuegos influirían en la cultura artística del futuro a todos y cada uno de los niveles.

El tiempo y la perspectiva histórica juega en nuestra contra, para no darnos cuenta de la magnitud de los hechos que estamos viviendo. Es posible que la energía vital de Mozart y Beethoven estén vivas en Nobuo Uematsu, y no lo sepamos.

Bibliografía:

  • VV. Final Fantasy and Philosophy, The Ultimate Walkthrough. John Wiley & Sons. New Jersey. 2009.
  • VV. Extra Life: 10 videojuegos que han revolucionado la cultura contemporánea. Errata Naturae Editores. España. 2012
  • Dogen, E. Shobogenzo. Editorial Sirio. España. 2015 (segunda edición).